Colegio Alemán de Temperley
Colegio Alemán de Temperley
publicado el 7 de Octubre de 2014

Palabras alusiva en el acto para el Día de la Unidad Alemana

3 de octubre 2014


Yo nací en un país que hoy ya no existe. Nací en Berlín Oriental, capital de la República Democrática Alemana. Hace 25 años, cuando se cayó el Muro de Berlín, cuando se derrumbó la Unión Soviética y cuando finalmente terminó la Guerra Fría, no sabía que había crecido en una dictadura. Pero lo estaba por aprender.

Empecé la escuela cuando tenía seis años. Ya había visto la publicidad en la tele para productos que no podía comprar en nuestro supermercado: golosinas, autos de juguete, lapiceras multicolor. No los anhelaba; eran como las rocas en la luna. Sabía que existían, pero que nunca llegaría a tocarlos.

Un par de años después también sabía que en el cole mejor no se hablaba de los canales "del otro lado" que uno había visto a noche. Alguien podría estar escuchando. "Alguien", esos eran las maestras miembros del Partido, los compañeros cuyos padres trabajaban en el Ministerio para la Seguridad del Estado.

En verano, cuando se vendían las frutillas, mi mamá me mandaba a hacer la cola. A veces tenía que esperar mucho hasta que ella volviera del trabajo y siguiera esperando conmigo. Al final de un par de horas, si no se habían acabado, nos llevábamos nuestras frutillas –una canasta por familia. Lo mismo ocurría con los duraznos y las ciruelas.

Cuando tenía siete años, ingresé en los Pequeños Pioneros. Me sentí orgullosa. Ahora para todos los actos, me ponía mi blusa blanca y el pañuelo azul. Mi mamá me enseñó cómo hacer el nudo. En mi grado había un sólo varón que no tenía el pañuelo azul y que nunca venía a las actividades de los miércoles a la tarde. Nos burlábamos de él.

Cuando tenía diez años, empecé a estudiar ruso. Me gustaba mucho y siempre tenía las mejoras notas. Durante tres años, iba todas las semanas a un taller para aprenderlo todavía mejor. No me enteré hasta años después que en el segundo grado me habían ofrecido un lugar en una escuela especial, con muchas más hora de ruso. Mi mamá lo había rechazado porque sabía que significaría eso para mí: ingresar a una institución de lavado de cerebro, hacerme más parte del sistema que lo que era preferible. Mis padres no eran opositores, pero tampoco fueron miembros del Partido Socialista.

Tuve una niñez feliz y segura. Jugaba en la calle con mis amigos, iba sola a todo tipo de taller y conservatorio, al cine, a la piscina pública. Pero también estudiaba inglés sabiendo que nunca iba a visitar los países donde se hablaba. También vivía con el miedo a la Tercera Guerra Mundial. Todos habíamos visto las imágenes de tanques americanos y soviéticos enfrentándose en Checkpoint Charlie, el paso fronterizo en el medio de Berlín, en 1961. Habíamos visto los desfiles de misiles nucleares en la Plaza Roja de Moscú. Habíamos escuchado del accidente de Chernóbil y sabíamos que en cualquier confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, nosotros en Berlín estaríamos justo en el corazón de la catástrofe.

Mi familia vivía a dos cuadras del la central del Ministerio para la Seguridad del Estado. Había pasado por sus muros altos casi todos los días sin saber que adentro se hacía espiar un vecino al otro, una mujer a su esposo, adolescentes a sus compañeros de clase. Que se organizaba encarcelar, torturar y matar a las personas que no estaban de acuerdo con el "Camino Socialista". No sabía que no teníamos teléfono en casa porque el Ministerio ocupaba todas las líneas disponibles, que cada paquete con ropa usada que me mandaron mis primos del Oeste había sido abierto y revisado.
La noche que cayó el Muro, estábamos viendo la tele. Mis padres abrieron una botella de champán para celebrar, y después otra. Cuando decidieron que no se querían perder el momento histórico y querían irse a uno de los paso fronterizos, se dieron cuenta de que habían bebido demasiado como para manejar. Se quedaron mirando la fiesta en la tele. Así somos, los alemanes.

La siguiente noche, me dejaron sola en casa para cuidar a mi hermano de cinco años, y se fueron a Berlín del Oeste para ir a cenar con la prima de mi mamá. Volvieron muy tarde, pero lo habían pasado bomba. Nunca habían comido en un restaurant italiano antes.
Para nosotros los "Ossis", los Alemanes del Este, la Reunificación llegó muy pronto. Nos habría gustado, capaz, intentar arreglar nuestro país de nuestro modo. Pero también reconozco que sin la ayuda del Oeste, hoy no viviríamos tan bien.


Hoy celebramos el feriado nacional de Alemania, el Día de la Unidad Alemana. En realidad, el 3 de octubre es una fecha arbitraria. Nos habría gustado usar el 9 de noviembre, el día en el que cayó el Muro. Pero el 9 de noviembre en Alemania también es un día de vergüenza, la fecha de la Noche de los Cristales Rotos, cuando los Nazis atacaron negocios judíos y sinagogas. Así que se decidió usar el primer día después de la conferencia de los ministros de Asuntos Exteriores europeos, que tenían que ser informados sobre el Tratado entre las dos Alemanias y los Aliados.
Yo en este día no celebro tanto la Reunificación Alemana como el hecho histórico que me posibilita de hoy estar acá. La caída del Muro me dio la libertad de viajar, de aprender más idiomas, de vivir y trabajar en el extranjero. Me abrió el mundo. Esto es lo que festejo y por lo que me siento agradecida en el Día de la Unidad Alemana.

Adina Dürrwald, Deutsche Schule Temperley