Colegio Alemán de Temperley
Colegio Alemán de Temperley
publicado el 8 de Noviembre de 2016

Acto por la Reunificación Alemana


Palabras alusivas de la Profesora Adina Dürrwald..
Cuando vine a Argentina hace ocho años, no era fácil acostumbrarme a algunas cosas. Algo que me molestaba mucho eran las largas y lentas colas en la caja del supermercado, en el banco o para pagar las cuentas. También quedé asombrada al volver a ver los sachets de leche, que de vez en cuando se rompen y dejan la cinta de la caja pegajosa. De repente no podía comprar más mi chocolate o té preferido, por lo menos no sin gastar una fortuna. Tampoco estaban siempre disponibles el polvo para hornear o el yogurt natural, productos que me parecían muy básicos.

Los libros hacía años que los pedía siempre por Amazon, pero mientras su envío en Alemania es gratis, acá vienen de EE.UU. y pedirlos por internet es caro. Por suerte, mientras ya no tenía fácil acceso a libros en alemán o inglés, las librerías de acá están llenas de maravillosos libros en español, así que no dolía tanto. Lo que sí dolía eran los impuestos del regalo de cumpleaños de mi marido. Lo quería sorprender con unos DVDs que había pedido por Amazon. El cartero me cobró $400– ¡lo mismo que había pagado por los DVDs! Estaba furiosa.


Una verdadera aventura la viví con mi primer paquete navideño, a fines de 2009. Mi mamá me había mandado una caja de dulces y otros regalos, pesando unos dos kilos y medio. Todos los días me escribía por Skype y me preguntaba: ¿Ya llegó el paquete? No mamá, contestaba yo, todavía no llegó. ¿Se habrá perdido?

Después de un par de semanas me llegó una carta pidiéndome que vaya a buscar un documento en el correo. Qué raro, pensé, estoy esperando un paquete, no un documento. Fui a buscarlo. El documento era el aviso que tenía que retirar mi paquete en el Correo Internacional, allá por Retiro. No sé si lo conocen; es un edificio grande con largas colas donde mucha gente espera durante horas para poder retirar sus paquetes. Hágalo ya, decía el documento, porque esto ya es el segundo aviso y si no se retira el paquete lo mandamos de vuelta a Alemania. ¡Nooooo!

La primera chance que tuve fui al Correo Internacional a buscar mi paquete. Llegué alrededor de las 9, saqué un número e hice la cola en las ventanillas. Ahí me pidieron el documento con la notificación, me dieron otro número y me mandaron a la sala grande para esperar. El nuevo número tenía seis dígitos y yo escuchaba como llamaron los números por los altavoces. Todo muy seguido y muy rápido. Yo todavía no hablaba mucho castellano y me pasé unas horas, muy nerviosa, practicando mi número largo en voz baja: 752.368, 752.368, 752.368 repetía. Finalmente, cerca a la 1 y media, escuché mi número y fui a retirar mi paquete. Lo llevé a casa muy feliz, pero también cansada de tantas complicaciones. ¡¿Por qué no lo traían a la puerta de casa y ya?!


Ustedes a esta altura se estarán preguntando qué tiene que ver todo esto con el acto de hoy, el acto de la Reunificación Alemana. En mi vida hasta ahora, viví en cuatro países diferentes. Muchos de ustedes saben que nací en la Republica Democrática Alemana, la Alemania comunista. Cuando ese país dejó de existir, el 3 de octubre de 1990, tenía 13 años. Las primeras visitas a los supermercados de la Alemania capitalista me parecieron como entrar a un país de maravillas. ¡Había de todo! Todo que antes sólo conocía de la televisión -chocolate, chicle, gomitas Haribo, videojuegos- de repente lo podía comprar. Cuando me mudé a EE.UU. me sucedió otra vez lo mismo: En las tiendas de allá había todavía más de cada cosa. 20 tipos de yogurt, 40 cereales diferentes, 100 modelos de zapatillas..

En mi país natal no había sido así. Muchas veces no se conseguía algún producto, en el colegio todos teníamos el mismo modelo de zapatos y las colas en los supermercados o en el puesto de frutas eran interminables. Si llegabas tarde el súper, la única leche que quedaba era unos sachets rotos en el fondo de la góndola. Los paquetes del extranjero, de mi familia en la otra Alemania, nunca llegaron directos a casa. Fueron revisados no sólo por la aduana, sino también por la policía secreta. A veces llegaron ya abiertos con un par de cosas menos, y a veces no llegaron nunca. ¿Les parecen familiares algunas de esas experiencias?


¿Fui infeliz al crecer en un país que tenía tantas limitaciones? No, no fui infeliz. No me parecía horrible que diez de mis compañeros tenían los mismos zapatos que yo. No me parecía horrible no poder tomar Coca Cola o comer en McDonald’s. No me parecía horrible no tener videojuegos como los chicos en la tele. Lo que sí les parecía horrible a la gente más grande, que entendía más que yo, era no poder viajar a donde quisieran. Les parecía horrible no poder ir a ver a sus hermanos o sus padres en la otra Alemania. Les parecía horrible que sus hijos no podían estudiar lo que querían. Les parecía horrible tener miedo de que un amigo o un pariente les espiara y los delatara a la policía secreta. Les parecía horrible que los mandaran a la cárcel y los torturaran si manifestaban su oposición al gobierno o si querían irse del país.


La Reunificación de Alemania me cambió la vida, pero no porque finalmente pude comprar todo lo que quería. Me cambió la vida porque pude ir a al universidad y estudiar lo que yo quería, porque pude viajar y hasta mudarme a países que antes estaban prohibidos, como la Argentina. Me cambió la vida porque ahora cuando vuelva a Alemania puedo decir libremente qué cosas no me gustan, y puedo HACER algo para cambiarlas.

La historia de mi país me enseño esto: Lo importante del país en donde vivís no es si podés comprar el último modelo de celular o la ropa que visten los famosos. Lo importante es poder decidir qué estudiar, de qué trabajar, a quién votar, para qué causa luchar. Sin miedo.

Nuestros países seguramente tienen muchos problemas, pero mientras podemos tomar esas decisiones, los podemos mejorar, poco a poco. Esos cambios no se hacen de un año al otro o con un nuevo gobierno. Pasaron 26 años desde la Reunificación y los alemanes todavía estamos trabajando en realmente volver a ser UN país. Pero lo más importante es que podemos hacerlo, si nos esforzamos. ¡Y ustedes también pueden cambiar el futuro de su país!